Martes, 25 de marzo de 2025
Una gran descarga eléctrica y el ser que todo el mundo conoce por el nombre de su creador se levanta: “¡Está vivo!”, grita el científico Víctor Frankenstein. En esta escena de El moderno Prometeo, Mary Shelley recurre a los experimentos galvánicos que eran vox pópuli a principios del siglo XIX. Sin embargo, incluso antes de que el italiano Luigi Galvani demostrara hace más de 200 años la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos en el organismo, la humanidad ya sabía de la existencia de estos fenómenos que hoy se conocen como bioelectricidad.
En los seres humanos y otros animales, las funciones de esta suerte de electricidad interior van desde las señales nerviosas que son el origen del movimiento, hasta los impulsos que regulan el ritmo cardiaco. De hecho, hoy la ciencia sabe que es la base de la comunicación entre las células. También lo es en otros organismos que, a priori, pueden parecer menos complejos, como son las plantas. Sin embargo, en las últimas décadas las investigaciones han revelado que, más allá de ser meros receptores pasivos de energía solar, los tejidos vegetales pueden generar corrientes eléctricas, gracias a la fotosíntesis y el transporte de iones.
Uno de los trabajos pioneros fue una investigación de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, que demostró que las raíces de las plantas interactúan con bacterias del suelo para generar electricidad. Con este descubrimiento se abría la puerta a la posibilidad de obtener energía limpia y renovable a partir de cultivos, con estimaciones de hasta 3,2 vatios por metro cuadrado. Hoy, más de una década más tarde, ya se habla incluso de plantas cyborg, gracias a experimentos donde nanocables y electrodos capturan el excedente de energía directamente de las raíces, aprovechando los desechos energéticos de la planta.
Estos avances, han sido respaldados por instituciones tan prestigiosas como el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Estados Unidos, pero no solo las universidades de referencia trabajan actualmente en el desarrollo de esta nueva fuente de energía renovable. Existen proyectos de todos los tamaños en prácticamente todo el mundo, desde trabajos de estudiantes que han logrado resultados impresionantes con pocos recursos, hasta grandes multinacionales que invierten cantidades astronómicas, pasando por startups cuya razón de ser es, precisamente, extraer energía de las plantas.
Por ejemplo, los alumnos y alumnas de la Escuela Agrícola Martin Miguel de Guemes en la Ciudad de Salta, en Argentina, desarrollaron el año pasado BioVolt, un innovador proyecto basado en un dispositivo que utiliza la energía de las plantas —que llega al suelo a través de las raíces en forma de electrones— para encender pequeñas lámparas LED. Entre sus aplicaciones potenciales, estaría convertirse en una solución sostenible para iluminar jardines, parques y otros espacios públicos, pero también cargar un teléfono móvil.
En España, la empresa emergente Bioo trabaja en la creación de baterías biológicas que aprovechan los procesos naturales para producir energía eléctrica de manera sostenible, aunque, en paralelo, también desarrolla proyectos de generación de luz a partir de plantas. Concretamente, la compañía bilbaína ha desarrollado tres soluciones distintas bajo la denominación Bioo Lumina, dos de ellas ya disponibles y una aún en fase de desarrollo.
El último ejemplo es una empresa holandesa llamada Plant-e que ha patentado una tecnología capaz de producir electricidad a partir de los vegetales, captándola de sus procesos metabólicos. Con su sistema, las plantas producen suficiente electricidad para proporcionar energía útil para señalética vial, iluminación ambiental, farolas LED en polígonos industriales, carga de teléfonos móviles o alimentación de puntos de acceso Wi-Fi en zonas rurales de África, entre otros proyectos ya en marcha.
Otras líneas de investigación
Además de la descarga de energía hacia el suelo o de la bioluminiscencia, existen otras formas de obtener luz y energía de las plantas. Una investigación de la Universidad de Cambridge ha desarrollado paneles biofotovoltaicos (BPV) que transforman la fotosíntesis de microalgas en electricidad. Estos sistemas funcionan encapsulando algas en celdas transparentes: durante la fotosíntesis, los organismos liberan electrones que son capturados por electrodos de nanocarbono, generando hasta 0,5 vatios por metro cuadrado.
Aunque su eficiencia aún es baja comparada con los paneles solares tradicionales (un 0,1% frente al 20%), su ventaja reside en la sostenibilidad: no requieren tierras raras y funcionan incluso de noche, gracias a la respiración celular de las algas. Según el Dr. Paolo Bombelli, coautor de la investigación, esta tecnología podría integrarse en fachadas de edificios o usarse en zonas rurales sin acceso a la red eléctrica. Un ejemplo ya en prueba es el Algae-Park de Londres, donde 200 paneles BPV iluminan un jardín público.
Es innegable que las plantas ayudan de muchas formas al ser humano y a la vida en el planeta Tierra. Su presencia aporta alegría a quien las contempla, ofrecen cobijo en el invierno y frescura en el verano, de ellas se extraen materiales, alimentos o medicinas y, además de transformar el CO2 en oxígeno apto para la respiración, también pueden producir electricidad. La ciencia ya lo sabía desde hace mucho, pero, lo que antes parecía una simple curiosidad biológica, hoy se perfila como una solución energética viable. La bioelectricidad podría ser el verdadero fuego de los dioses que robaba Prometeo y redefinir así nuestra relación con la naturaleza.
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